La irrupción
electoral del Frente Amplio (con un 20% en la candidatura presidencial de
Beatriz Sánchez, 1 senador, 20 diputados y 21 concejeros regionales) logró
impugnar duramente al duopolio (compuesto por Chile Vamos y la Nueva Mayoría) y
generar una alternativa, una herramienta política, para la ciudadanía, para
hacer oír sus anhelos, necesidades y expectativas, así como para defender y
ensanchar sus derechos sociales.
Para lograrlo,
el Frente Amplio contó con un diagnostico político adecuado: los partidos
tradicionales organizados en el duopolio están agotados y la política
deslegitimada, pero a la vez, por un lado, sigue habiendo en Chile una
filiación enorme a las instituciones, y por otro, la sociedad chilena busca
vías de repolitización ante una institucionalidad cada vez más agobiante (que
restringe derechos, deteriora los territorios y las comunidades, reproduce la
precariedad y el endeudamiento); de esa repolitización surge el movimiento
estudiantil y otros movimientos sociales como los ambientales, mapuche y
feministas.
La crisis de
representación de la Nueva Mayoría (que buscaba con el segundo gobierno de
Bachelet configurar una modernización al régimen neoliberal, es decir, reformar
sus aristas más insufribles, para seguir sosteniendo así la dictadura
financiera y la sociedad de mercado) ya es contundente. Sin embargo, la
coalición, o más bien sus operadores políticos, siguen manteniendo mecanismos
de poder, ya sea con sus representantes electos o parapetos en la sociedad
civil, como fundaciones o sociedades anónimas.
Por su lado, la
ideología neoliberal sigue siendo hegemónica, al punto que nuevamente el
imaginario del gobierno de los expertos, técnicos y grandes empresarios, llevó
a Sebastián Piñera a la Presidencia. Este gobierno ya está impulsando una política agresiva con la que quiere
convencer a la gente de que no hay un modelo alternativo, sino que hay que
seguir haciendo más de lo mismo (privatizar, subvencionar privados, endeudar a
las personas y familias, explotar los recursos naturales, flexibilizar el mundo
del trabajo, etc.), pero de forma más eficiente.
Esta política
impulsada por el gobierno, coincide en al ámbito social con una oleada
reaccionaría, que imputa los principales problemas a los migrantes, a los
delincuentes pobres, a los mapuches, a Bolivia, a las mujeres. De este modo,
hace uso de la frustración de la gente a partir de un discurso de extrema
simplificación, aunque podría tener
resonancias nocivas considerables.
Pero la crisis
de representación, el malestar social y la corrupción en las instituciones
(partidos políticos, fuerzas armadas, grandes empresas), no aseguran por sí
mismas un cambio político. Para generar ese cambio es necesaria una
construcción de alternativa política. Esto es el Frente Amplio, que debe volverse
un actor consolidado si quiere modificar la agenda política del país y
contribuir de forma decisiva al cambio social y la democratización.
La voluntad de lograrlo ya se ha manifestado y esto fue
demostrado con el ímpetu por ganar las elecciones de 2017 y de ser gobierno a
pesar de todas las limitaciones de una coalición de menos de un año de
existencia. Esto conllevó una ruptura significativa con la izquierda, tanto
parlamentaria como el Partido Comunista y su histórico 4 o 6%, como
extraparlamentaria, donde una izquierda minoritaria, marginal y
sobreideologizada parece sentirse
cómoda. Por el contrario, el Frente Amplio ha mostrado voluntad de poder y una
irreverente porfía para no dejarnos colocar en el lugar de inmovilidad de la
izquierda (lo que nos ha significado críticas de la misma izquierda). Esto va
de la mano con la conciencia de generar un nuevo estilo político y asumir el
cambio generacional, que combina los ideales con el pragmatismo y la crítica
con la propuesta.
No obstante,
todo esto es insuficiente. Entre los desafíos del Frente Amplio se nos presenta
la necesidad de enraizarnos en los territorios. Las y los diputados y
concejeros regionales podrán aportar enormemente en esto, ya que su rol no sólo
está en legislar y fiscalizar sino en representar a sus electores. Pero los
principales actores son los comunales, la militancia, los activistas, los
simpatizantes y los partidos.
Es en los
territorios donde debe construirse Frente Amplio, manteniendo la conexión con
la gente, generando convergencia política desde abajo, con los sectores
populares, estudiantes, trabajadoras y trabajadores. No debemos perder la
confianza en las personas y en las organizaciones sociales. Por el contrario,
nos corresponde ser permeables a lo que pasa en los territorios y las acciones
colectivas, tanto locales como nacionales (No+AFP, movimiento por la salud,
movimiento estudiantil, socioambiental, mapuche y feminista). Sobre todo porque
la gente está entendiendo que la lucha institucional no basta ni asegura cambios
significativos… Esto implica una enorme
generosidad en la construcción política: debemos incorporar más organizaciones,
más gente, más iniciativas políticas y culturales, y ampliar nuestras alianzas
siempre y cuando se mantengan en una lógica de expansión de los derechos
sociales y la participación.
La política de
alianzas es un buen ejemplo de los desafíos a enfrentar, porque debemos saber
dialogar de una u otra manera con distintos sectores políticos, ya que la meta
final es la construcción de un bloque histórico que traiga consigo un nuevo
proyecto de país. Esto implica saber desenvolvernos en la relación con el PC y
pequeños sectores del PS. Es cierto que muchos al interior del Frente Amplio
tienen ya la esperanza de interpelar a la gente sensata del Partido Socialista,
su base social, pero no es menos cierto que las cúpulas del PS no se van a
poner de nuestro lado (ni en el Congreso ni en la Calle) salvo que no tengan
otra opción, puesto que mantienen enormes intereses con el modelo neoliberal y
están considerablemente asociados a la corrupción de la política.
Consolidar y
expandir el Frente Amplio es de suma importancia, porque debemos evitar que
otros capitalicen los nuevos marcos de sentido de la sociedad chilena y los
lleven, como ya dijimos, a montar la ola reaccionaria. En esto ocupa un lugar
central el debate en los medios de comunicación, cuestión que, por un lado, la
izquierda tradicional no acaba de entender, pero por otro, el Frente Amplio aún
no logra profundizar.
Tenemos por delante
un enorme trabajo de pedagogía política y cívica, porque no sólo debemos
contribuir a mejorar las condiciones de vida de las personas, sus familias y
comunidades, sino darles un nuevo sentido, propagando el valor de la
participación, los bienes públicos y la solidaridad. El Frente Amplio debe
traer consigo una nueva ética entre la
política y los políticos, por eso es que disminuir los sueldos de los
parlamentarios, informar públicamente lo que se legisla, la transparencia y la
deliberación son tan importantes. Y demostrar así que la política puede hacerse
por personas normales, tensionando la actual y limitada democracia
representativa.
Y esto vale
también y por sobre todo para nosotros mismos: debemos construir Frente Amplio,
es decir, organización, protocolos de acuerdo, unidad ideológica, transparencia
y democracia en las decisiones, identidad en la diversidad, participación y
deliberación. No podemos construir una organización que fomente la asimetría de
poder a nivel interno, donde, por ejemplo, los actuales representantes utilicen
los recursos con los que hoy cuentan en construir equipos políticos propios y
copen de este modo los territorios. Es válido que quienes ocupan ya cargos
políticos quieran promover sus ideas. Pero en ningún caso es válido reproducir
el caudillismo y aparatismo de la cultura política concertacionista.
Igualmente, y
muy implicado a lo anterior, como Frente Amplio debemos resistir a los tiempos
y temas impuestos por la política institucional, que selecciona qué demandas hay
que impulsar y cuáles dejar fuera de agenda. El Frente Amplio no es una
herramienta de la institucionalidad, sino una herramienta de la ciudadanía
democrática y popular para operar en las instituciones, porque, claro, la
presencia institucional con la que hoy contamos es una ventaja, pero también
podría llegar a ser un riesgo si nos entrampa en dinámicas desmovilizadoras.
Vamos al aparato
del Estado, porque allí se debaten y deciden un sinfín de ámbitos tanto de la
vida cotidiana como de trascendencia colectiva y nacional. Pero el ámbito de la
sociedad civil es igualmente significativo, pues allí se crean y consolidan
proyectos, fidelidades y solidaridad. Elementos que no sólo serán de una enorme
importancia al momento de asumir el desafío de las elecciones municipales de
2020, sino que, principalmente, en el
desafío de crear un nuevo concepto de patria, que apele a un nuevo sentido de
país, basado en los derechos, la igualdad, la solidaridad y las comunidades.
Publicado
en El Desconcierto
http://www.eldesconcierto.cl/2018/04/23/desafios-del-frente-amplio-construir-en-los-territorios/

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