París, Francia: basta sólo esos nombres
para exaltar la imaginación. El movimiento de los chalecos amarillos, que ha
paralizado más de veinte ciudades galas a lo largo de dos semanas, parece traer
consigo todo el peso de la historia. Por eso, además de las injurias
características de la derecha y sus medios de comunicación, que tildan de
extremista al movimiento, se suma la inflamada simpatía de la izquierda.
“La toma de la Bastilla comenzó así”,
escribe Luis Casado[1].
Incluso se han rememorado las revueltas campesinas en la Edad Media[2].
Los Clubes de la Revolución y la Comuna de Paris[3].
Y, por supuesto, Mayo del 68.
La utopía de la izquierda revive: “Una
sola chispa puede incendiar la pradera”, era una de las citas predilectas
contenidas en el Libro Rojo de Mao Tse-Tung, paladín ideológico de los
universitarios parisinos del 68. Y como entonces, ni los sindicatos ni los
partidos de izquierda ni ninguna otra estructura organizativa, parecen conectar
con el movimiento espontáneo, con la multitud que bloquea rutas, se “toma”
peajes, enciende neumáticos, antorchas y se manifiesta en las plazas.
Sólo los identifica el chaleco amarillo
que exige la seguridad rutera y las leyes del tránsito, para bajarse
fortuitamente de los automóviles o camiones en la carretera, quienes manejan
maquinaria pesada como tractores o grúas, y también quienes van a sus trabajos
en bicicletas. De este modo, trabajadoras y trabajadores asalariados,
comerciantes, productores, agricultores, pensionados, conductores de camiones o
estudiantes, coinciden −con toda su diversidad− bajo este reflectante uniforme.
El aumento de los precios e impuestos de
los combustibles y el gas, como medida de un paquete de acciones de “transición
ecológica”, promesa de campaña del actual gobierno, es la causa inmediata. Para
la gente, la preocupación ambientalista, ha sido tomada como una medida
“cosmética”, cuyo costo están pagando ellos y no los poderosos, las y los
trabajadores de las fábricas y no los dueños de ellas, quienes se movilizan a
sus trabajos y no quienes explotan la naturaleza.
Es así como Emmanuel Macron, conocido
como “el presidente de los ricos”, hace gala de su apodo, coincidiendo asimismo
en su viaje a Argentina, por el encuentro del Grupo de los Veinte (G20),
compuesto por los países más poderosos del mundo.
De esta forma, una “cadena de
equivalencia” se ha trazado desde la demanda contra el aumento de los precios
de los combustibles y el gas hacia las reivindicaciones de mejores pensiones,
más y mejores empleos y aumento de los salarios, incorporándose en los últimos
días un movimiento de estudiantes secundarios que se manifiesta contra el
aumento de matrículas y un sistema restrictivo de selección.
¿Se trata de una chispa que incendiará
la pradera? ¿Se trata de un nuevo Mayo del 68, no ya protagonizado por los
estudiantes universitarios, sino por las clases medias precarizadas? Más bien consiste,
podríamos decir, en el opuesto mismo de Mayo del 68. La gente ocupa las plazas
contra la revolución neoliberal que intenta poner en marcha el gobierno de
Macron, bajo el mandato y apoyo de la Unión Europea, el Banco Europeo y el
gobierno alemán.
Nosotras, nosotros, en Chile, sabemos
bien que la idea de “revolución” no es ni artificial ni exagerada, porque eso
fue lo que realizó la dictadura cívico-militar liderada por Pinochet y Jaime
Guzmán, una salvaje revolución neoliberal en los niveles de la economía, la
política y la cultura.
La gente movilizada, ataviada con los
chalecos amarillos, no es en caso alguno antisistema, sino que el
neoliberalismo es un sistema contrario a la propia gente, sus anhelos y
necesidades. Mujeres, hombres y jóvenes estudiantes resisten la revolución de
los banqueros, de los altos ejecutivos, de los grandes empresarios nacionales y
transnacionales, del capital financiero articulado en una trama con la casta
política y los medios de comunicación.
¿Conservadurismo de la gente? Por
televisión y redes sociales, jóvenes franceses hablan que saben y comprenden
que pagarán impuestos como sus padres y abuelos, pero que son demasiado altos,
demasiado excesivos. Dicen que quieren tener dinero para consumir, para cubrir
sus necesidades, para satisfacer sus afanes comunes y corrientes. Y que quieren
entrar a la Universidad. ¿Es eso “pedir lo imposible”? ¿Es llevar “la
imaginación al poder”?
Todo lo contrario a Mayo del 68, ahora
la demanda consiste en pagar impuestos aceptables y razonables, tener
jubilaciones dignas, buenos empleos, educación, salud y vivienda.
Esta misma contradicción con los
principios de Mayo del 68 se vivieron en Chile con el llamado “Mayo Feminista”.
El fabuloso movimiento de mujeres chilenas se articuló en torno a lógicas de
construcción indudablemente libertarias, transversales, asamblearias, de
“democracia radical”, pero sus objetivos eran fuertemente institucionalistas:
creación de protocolos contra el acoso, educación no sexista, mejores estatutos
universitarios y laborales, que la institución universitaria funcione, mayor
fiscalización, mayor financiamiento, etc.
La democracia radical, asamblearia, de
la irreverencia y la revuelta, que se expresa en las y los jóvenes
universitarios o activistas político-sociales, en Chile y a nivel planetario,
expresa la rabia contenida contra repúblicas precarias, hipócritas, oligopólicas,
Estados hechos a la medida de los ricos. Pero los contenidos, los objetivos, no
son otros sino de un enorme sentido común y búsqueda del bien público. Exigir
más derechos sociales, que se cumplan los derechos humanos y ampliar los
derechos civiles, son, hoy por hoy, anhelos de una enorme radicalidad.
El movimiento de los chalecos amarillos
sitúa a la izquierda frente a sí misma: o seguir sus dogmas y utopías o
conectar con el sentido común, con la gente. Los antagonismos no son entre
revolucionarios, reformistas y derechistas, sino entre la gente que quiere
dignidad, seguridad y futuro, contra los revolucionarios radicales de cuello y
corbata, contra los extremistas neoliberales, contra el capital financiero.
En Francia, incluso la policía lo ha
entendido. Hemos visto cómo se difunden por redes sociales, con enorme asombro
y satisfacción, la adhesión de la policía al movimiento de los chalecos
amarillos. Inclusive los bomberos franceses en una ceremonia oficial, han dado
la espalda a sus autoridades, como muestra de repudio a la medida del gobierno
de Macron. Gestos muy lejanos, claro está, de la actual decadencia de la
policía chilena y las Fuerzas Armadas corruptas, que venden armas a
narcotraficantes y asesinan a mujeres y mapuches.
La memoria histórica de los franceses no
se ha orientado tanto ni hacia la Revolución ni La Comuna ni hacia Mayo del 68,
como en dirección a los años de existencia de un Estado de Bienestar, que
distribuía la riqueza y aseguraba derechos sociales. Un Estado posteriormente
bloqueado por las mismas clases dominantes, desmantelado en parte, pero que se
mantiene en el imaginario y en algunos derechos básicos.
Derechos sociales, derechos ciudadanos y
derechos humanos como ejes centrales de nuestro tiempo, son parte del
significado del movimiento de los chalecos amarillos en Francia. Educación y
salud pública, reconocimiento de los pueblos indígenas, jubilaciones decentes,
derecho a trabajar y empleos estables, vivienda digna, diversidad de género,
protección del medio ambiente, seguridad contra el narcotráfico, la
delincuencia y la precarización de la vida, contra el machismo, son elementos
que constituyen las actuales necesidades y anhelos que buscan recomponer el
sentido y el bien común.
En Chile está emergiendo una patria
nueva, popular, diversa, indígena, plebeya, con migrantes, homosexuales, para
niñas y niños, para las y los jubilados. Pero la trama entre políticos,
empresarios y medios de comunicación intentan soterrarla. Las instituciones
sólo funcionan para los ricos, lo mismo que el Parlamento, la policía y los
tribunales; no para los pobres ni para los indígenas o mujeres.
En Francia, quién ha entendido bien esto
ha sido Jean-Luc Melenchon y su partido-movimiento Francia Insumisa, señalando
que la respuesta concreta debe ser una reforma fiscal y el aumento de los
salarios[4]. La
izquierda más identitaria del Nuevo Partido Anticapitalista no ha dudado en
convocar a una Huelga General ante la “declinación del poder de Macron”[5].
Sin embargo, se encuentra en un proceso de cuestionamiento
de sí, de autocrítica, estableciendo cada vez con mayor astucia pasos tácticos
que disminuyan sus planteamientos ideológicos respecto al sentido común: “restaurar un
poco de justicia fiscal, eliminar los impuestos sobre las necesidades básicas y
cobrar a los ricos. Además, para «vivir
y no sobrevivir», como dicen las chaquetas amarillas, se necesita un aumento
general de los ingresos”[6].
Precisamente, si la izquierda no conecta
con las actuales demandas ciudadanas y sigue aferrándose a sus dogmas, tomará
la iniciativa la extrema derecha y los nuevos movimientos de corte fascista. Ha
sucedido así en Estados Unidos, Brasil, Suecia, Italia, Polonia, y en todos
éstos países, incluido Chile, por la misma razón: una centroizquierda o
socialdemocracia absorbida por los principios y la defensa del neoliberalismo.
En Francia, el paso de un derechista
como Sarkozy a un “socialista” como Hollande y luego a su consejero económico,
no otro sino Macron, ha difuminado totalmente la diferencia entre derecha e
izquierda. Coinciden ambos espectros en la protección y acrecentamiento de las
grandes fortunas y en la precarización de la vida de la clase trabajadora.
Pasó lo mismo con el PASOK en Grecia[7] y el
PSOE en España[8].
Pasó lo que está pasando en Chile con un Partido Socialista con monumentales
intereses financieros y bajo una enorme cultura neoliberal. La centroizquierda
se hunde; se hundirá definitivamente si no enmienda su camino y empieza a
conectar con los anhelos de la gente, como lo ha estado haciendo −aunque con
enormes limitaciones− el Partido Socialista portugués[9].
Del mismo modo, si la “izquierda
radical” sigue insistiendo en lo que ha hecho durante todos estos años,
aferrándose a sus dogmas y debates identitarios, se mantendrá en la
marginalidad y la testimonialidad. Y, como en Italia, un sector político que
expresaba las demandas más sentidas de la gente, como lo era el Movimiento
Cinco Estrellas, opta por adherir a la extrema derecha, formando gobierno con
La Liga de Matteo Salvini.
No idealicemos el movimiento de los chalecos
amarillos, porque muchos de los activistas y manifestantes, junto a consignas por
más derechos sociales, han planteado también ideas reaccionarias, homofóbicas y
racistas. Minuto a minuto, por Facebook y otras redes sociales, podemos ver a
gente haciendo barricadas, enfrentando a la policía, volteando automóviles, deliberando
y designando vocerías. Pero creer que se trata de un movimiento de izquierda,
no sólo es no conectar con el sentido común, sino confundir nuestros sueños con
la realidad.
De cualquier modo, también es cierto que
ni la actual Unión Europea, comandada por el Banco Europeo, el FMI y el
gobierno alemán, permitirá una reedición del Estado de Bienestar; ni en América
Latina ni en Chile es esto posible, debido a la configuración del capitalismo a
nivel planetario. Por lo que no se trata de cancelar las utopías y los
proyectos emancipatorios, sino de ir reconstruyendo el tejido social y de
prefigurar los horizontes desde las nuevas identidades colectivas. Igualmente, otro
de los significados fundamentales del movimiento de los chalecos amarillos
radica en que, incluso para la gente despolitizada, que sigue los sucesos por
televisión o redes sociales, la legalidad neoliberal resulta cada vez más
ilegitima, tornando la movilización callejera en un acto de dignidad.
Por lo pronto, el gobierno de Emmanuel
Macron suspende por seis meses el alza de los precios e impuestos a los
combustibles y el gas. Esta medida contiene la escalada de movilizaciones y
cierra toda posibilidad a una Huelga General. Sin embargo, el movimiento de los
chalecos amarillos, más amplio y mejor organizado, sabe bien que el Poder Ejecutivo
sólo lanza una cortina de humo. Queda por saber si las fuerzas de izquierda,
antineoliberales o anticapitalistas, sabrán aprovechar ese tiempo para conectar
con la gente, con su sentido común, necesidades y anhelos, y desarrollar
organización y proyecto popular.
[1] Casado, Luis. Los chalecos
amarillos. En: http://www.politika.cl/2018/11/17/los-chalecos-amarillos/
[2] Merle, Pierre. Gilets jaunes: Le
mouvement rappelle les jacqueries des périodes révolutionnaires. En:
https://www.lemonde.fr/decryptages/article/2018/11/20/gilets-jaunes-la-france-d-en-bas-contre-les-premiers-de-cordee_5385793_1668393.html
[3] Almeyra, Guillermo. La
seminsurrección de los chalecos amarillos. En:
http://rebelion.org/noticia.php?id=249860
[4] Le Figaro.fr. Gilets jaunes:
Mélenchon réagit à l'annonce du gouvernement. En: http://www.lefigaro.fr/flash-actu/2018/12/04/97001-20181204FILWWW00182-gilets-jaunes-melenchon-reagit-a-l-annonce-du-gouvernement.php
[5] Página oficial del nuevo Partido
Anticapitalista: https://www.npa2009.org/
[6] Gilets jaunes: premier recul du gouvernement, le mouvement doit
pousser son avantage. En:
https://npa2009.org/communique/gilets-jaunes-premier-recul-du-gouvernement-le-mouvement-doit-pousser-son-avantage
[7] Lagos Díaz, Felipe Oscar.
Syriza, Grecia y La Troika. En: http://revistadefrente.cl/syriza-grecia-y-la-troika/
[8] Lagos Díaz, Felipe Oscar. Sobre
Podemos: Lecciones más allá de las elecciones. En: http://revistadefrente.cl/sobre-podemos-lecciones-mas-alla-de-las-elecciones/
[9] Lagos Díaz, Felipe Oscar. Los
pasos tácticos de la izquierda portuguesa. En: http://revistadefrente.cl/los-pasos-tacticos-de-la-izquierda-portuguesa-1/

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